No sé nada de vos, no sabés nada de mí. Dos extraños cruzaron las miradas en un momento dado, en un lugar determinado. Tal vez, uno de los dos supuso que seguirían mirándose mucho tiempo, tal vez no, pero se dejaron llevar. No sé quién sos ni sabés quién soy. Sé que tu cuerpo me grita y tus dedos me queman al tocarme.
No necesitamos las palabras para empezar a inventar. Sólo los cuerpos, los ojos, las bocas. Seguramente haya habido cupidos, testigos, alcohol, música, amigos. Dos extraños se apasionaron, se enredaron y entre arañazos, caricias sobre actuadas, sudores y silencios, el amanecer los desnudó aún más y los forzó a volver. Al fin y al cabo, las pieles eran aún impermeables, los ojos desafiantes, las historias paralelas.
Pero qué bien se sentía no saber, adivinar quién eras, qué hacías y qué ibas a hacer en el siguiente encuentro. Excitante, inexplicable felicidad, libertad, sonrisas, deseos y una extraña confianza que nunca sabremos explicar. Dejarme abrazar, rozando las manos, no pensar en destinos ni en futuros. Sólo girar en la arena húmeda, junto al mar.
martes, 1 de abril de 2008
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