El viento la despeinaba, como siempre. No sabía donde estaba, pero estaba bien. De un segundo a otro el cielo cambió de celeste a blanco, de blanco a gris, el nubarrón la cubrió amenazante y la envolvió.
Con el pecho oprimido, agudizo el oído y comenzó a dudar de su soledad. El murmullo crecía, corrió hacia él.
La manifestación estaba en el cruce de las dos avenidas más grandes del pueblo. Cientos, miles, millones de personas. Apretadas, sudorosas, tristes. A cada abrazo una lágrima, a cada lágrima un grito. Carteles que decían “¡no, por favor!” se alzaban por sobre la multitud.
- ¿Qué pasa? – preguntó
- Llegó el día, van a hacer explotar el mundo.
El escalofrío recorrió su espalda, desgarrándola. Apretó los dientes hasta que se le aflojaron, los puños hasta clavarse las uñas. No derramó ni una lágrima, ni dejó salir un sonido.
Todos se arrojaron contra el suelo. Ella se quedó de pie. La gente se fue cubriendo de papeles azules, rojos y blancos, que caían vaya uno a saber de donde. Globos, guirnaldas, y una marcha conocida taladró sus oídos. Inevitablemente miraron al cielo, esa tentación incontrolable de entender, de evitar, de ser testigo de cada segundo, aunque sean los últimos. Un enorme cartel proyectando lo más simple y terrible. El gris se volvió del color del fuego. Resignarse y esperar a que la nada llegue, profunda.
miércoles, 4 de marzo de 2009
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